El brazo ejecutor de la muerte

“Protegeos contra el hombre puesto que es la garra del diablo. Es el único entre las criaturas que mata por placer, ambición o avaricia. Sí, matará a su hermano por poseer lo de su hermano. No le dejéis procrear en gran número porque convertirá en desierto vuestras tierras y las suyas. Haced que se retire a la jungla, puesto que es el brazo ejecutor de la muerte.”

(Leyenda XXIX, sexta línea. Leído por Cornelius a petición del Doctor Zaius en el film “El planeta de los simios” de Franklin J. Shaffner – 1968)

Desde que salimos de Mostar, a orillas del río Neretva, y tras el asedio de dieciocho meses y los bombardeos de la JNA, sólo vi campos quemados y aldeas arrasadas. Cuerpos pudriéndose al sol sin que nadie fuera capaz de darles sepultura. Los campos del Señor – decía un clérigo ortodoxo serbio – se tiñen de negro en espera del invierno.  Las nieves  ocultarán la muerte y la vestirán de blanco, pero sólo será la basura debajo de la alfombra. Después, bajo una espesa niebla, aparecen como fantasmas las cumbres rocosas de la colina del Ronquido y el Monte Vélez y poco más adelante el puente móvil que los legionarios españoles habían instalado con premura la semana anterior.

El vehículo TOA (oruga acorazado) en el que viajábamos, se detuvo a las puertas de la base internacional, desde donde nos evacuaron en helicóptero (un “Chinook” de transporte de las fuerzas aeromóviles del ejército de tierra español) hasta Sarajevo. Tuve el tiempo justo de transmitir un teletipo a la agencia y grabar las correspondientes entradillas en la misma sala del aeropuerto.

Fue necesario hacer varias escalas por razones de seguridad antes de aterrizar en Madrid, en días previos a la Navidad. El aire era frío, gélido,  y las calles resplandecían en la noche como centellas del cielo. Las luces y los adornos lo llenaban todo y los comercios, abarrotados de gente ultimando las compras y los regalos de Nochebuena, dejaban escapar  sin pudor los acordes de esos pegadizos villancicos y canciones navideñas que no dejan de sonar en nuestro cerebro durante horas, como si nos recordasen que en esos días todo el mundo es feliz y todo el mundo es bueno, o por lo menos parece serlo. Recordé el apretón de manos del clérigo serbio al despedirnos en Mostar, sus ojos brillantes de lágrimas al contemplar una ciudad en ruinas, oscura y casi desierta. La miradas de desconfianza de mi intérprete bosnio Milan Savic, antiguo profesor de español en la universidad de Sarajevo, la sonrisa pétrea del capitán legionario Montellano, abrazado a un cachorro de perro, rescatado en medio del tiroteo de los francotiradores, mientras mi colega italiano Fabio le llamaba “Quijote tontodelculo”. Y todo ello se mezclaba con los cánticos, las risas y los buenos deseos en las celebraciones de aquella navidad del noventa y dos.

Lejos quedaba la “zona prohibida”, aunque tenía la sensación de que poco a poco se iría aproximando, silenciosamente, por la espalda, como la sombra del horror que no avisa, a traición, porque es nuestra condición, la de edificar el futuro para derribarlo después, como el niño que construye un castillo de arena en la playa y luego lo pisa para contemplar como se desmorona en un instante. Y esos cánticos, risas y luces de la ciudad que contemplo, se oían en los oscuros “campos del Señor”, a orillas del río Neretva, pocos meses antes, y allí también todo el mundo era bueno, o parecía serlo.

En casa, el silencio se adueñó de todo y los recuerdos se difuminaron en la penumbra de un piso vacío. Sobre la mesa del salón, una nota, escueta, pragmática, directa: “Me he ido. No puedo seguir esperando. Feliz Navidad. Marta.”

Una cerveza, un sillón y el mando a distancia, las tres poderosas armas que apaciguan el espíritu y hacen que la vida siga fluyendo.

– “Maldito héroe “cabronazo” que estaba hecho el capitán Montellano” – fue mi último pensamiento antes de quedarme profundamente dormido – ¡Va por tí Marta…!

De los “Diarios de una guerra entre muchas”. 

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