“Unforgettable”

…Pues la luna ascendente, dulcemente,
tráeme sueños de Annabel Lee;
como estrellas tranquilas las pupilas
me sonríen de Annabel Lee;
y reposo, en la noche embellecida,
con mi siempre querida, con mi vida;
con mi esposa radiante Annabel Lee
en la tumba, ante el mar, Annabel Lee.

(Extracto del poema Anabel Lee, de Edgar Allan Poe)

Estaba en un extraño lugar, del que apenas conocía nada, sentado ante la ventana que daba al jardín. Allí, bajo los sicomoros, paseaban personas desconocidas para mi, de rostros ajenos a mi memoria y vestimentas iguales. El sol, dulce y cálido aquella mañana, se filtraba a través de los visillos, y doraba con su luz los rincones de la habitación, como si los acariciase para no quemarlos, dejando entre los muebles aquella siluetas de sombras y penumbras que tanto me gustaban. De repente me asaltó el pensamiento más oscuro, la duda que siempre acechaba detrás de cada lugar, cada mueble, cada rostro, ¿qué hacía yo allí? ¿cómo diablos había llegado a aquel lugar del que no conocía ni su nombre?. Estaba sentado sobre una mecedora de madera y me balanceaba al ritmo plomizo del ruido de la calle. Sin embargo no sabía desde cuando me hallaba allí sentado, en aquella posición, mirando de soslayo hacia la luz de la calle pero con la atención puesta en la puerta semiabierta.

Oía pasos, voces y algún que otro alarido incomprensible, oía gente pasar, conversar, en ocasiones, reír, pero nada de aquello me resultaba familiar. Sé que en un tiempo lejano fui un niño, que tuve padres y hermanos, pero sus caras están muy borrosas en mi cerebro. Tal vez tuve hijos, tal vez…pero no lo recuerdo. Miro mis manos y no parecen mías. Las recuerdo tersas, no muy grandes, de dedos redondos y no excesivamente largos, con las uñas siempre muy bien cortadas. Pero las que tengo delante de mí, apenas tienen rastros de aquellas manos. Nudosas y arrugadas, llenas de manchas, con los dedos torcidos y asimétricos. No son mis manos, no es mi rostro, no es mi cuerpo.

Pero por qué el presente se oculta debajo de tanta niebla, tan espesa, tan densa que se podría cortar con un cuchillo no demasiado afilado.  Jadeo por el esfuerzo, pero el esfuerzo…¿de qué?, si apenas he movido un músculo. ¿Por qué mi vida parece haberse detenido en un tiempo tan lejano? En mi niñez jugaba en la calle, casi todo el día, con palos, piedras y balones de plástico. Veo las caras de mis amigos desfilar entre las risas de los juegos a media tarde, cuando los rayos del sol sobresalían agónicos por detrás de las cimas verdes de las montañas. El rostro de mi madre, afable, cálido y cercano. Su abrazo  protector. Los sonoros besos en la frente de  mi abuela, tan largos y plomizos, pesados como el propio tiempo que hiela mi sangre. La mirada de hielo de mi padre, fría y recta, máscara que oculta la mayor de las debilidades. El genio, la tensión y el aburrimiento de un castigo interminable. ¿Por qué esos recuerdos? ¿Por qué se detiene ahí el tiempo? Se para en seco, ante el vacío profundo y oscuro del olvido, donde ya nada significa nada, donde mi yo consciente deja de tener sentido y desaparece bajo un manto de confusión y ruido, demasiado ruido.

Alguien entra. La puerta se abre de para en par. Una mujer de pelo oscuro y rostro afable se detiene en el umbral. Me mira y me sonríe. Sus ojos brillan como luciérnagas, despiden rayos de amor y ternura. Es mayor, de pelo jaspeado de canas y arrugas en la cara. Se acerca y me besa en la frente, Noto el calor de sus labios sobre mi piel, el agradable tacto de sus manos en las mías. Habla, dice algo que no entiendo, no oigo, no logro descifrar. Sin embargo su sonrisa me agrada, me tranquiliza y mi respiración se calma. Me sigue mirando mientras habla y habla, como si tuviera que contarme un millón de cosas. Me gustaría saber lo que dice, pero me es imposible ordenar los sonidos. Todo se mezcla en mi cabeza, como ruido de fondo, como una música desafinada que no logro armonizar. Luego se acerca a un mueble y presiona un botón. La habitación se llena de música, acompañada de una voz áspera, ronca, muy cercana. Una pequeña luz se abre en mi mente. ¡Dios mío! Soy joven, muy joven, tan joven como lo imaginé en mis sueños y bailo contigo, abrazado, al son de “Unforgettable”. Ahora sí la identifico, nuestra música, nuestra canción. Tú, yo y Frank, bailando abrazados, bajo promesas de amor eterno, inolvidable. Ya entiendo lo que dices, me vuelves a besar, esta vez en los labios ¡Oh mi amor, cuanto te he echado de menos! Estás ahí, cogiéndome las manos, acariciándome con tu sonrisa, tu maravillosa sonrisa junto al mar. Giramos sobre nuestros cuerpos, bajo las estrellas, en medio de una suave brisa marina que envuelve nuestros corazones. Y mientras la canción sigue su curso, nosotros nos elevamos por encima de las estrellas, volamos sobre ese maldito olvido que nos acecha. Hemos vencido, aunque sea por unos minutos, al tiempo inexorable que no se detiene. La canción se aleja poco a poco y con ella tu sonrisa y tu mirada, mientras intento alargar la mano para no perderte de nuevo, para que la vida no me arrebate lo que más quiero, Pero te escurres entre mis dedos hacia el fondo oscuro de ese agujero que todo lo engulle, y al final vuelve el ruido, lo extraño, lo desconocido. Ya no me acuerdo, ya he olvidado, sólo un jardín de flores ante mi ventana, un rayo de sol que se pierde entre los visillos y la esperanza de una canción cuya armonía he vuelto a olvidar…

3 Replies to ““Unforgettable””

  1. Hermosos pensamientos, tan hermosos como fugaces. Ojalá la enfermedad les deje disfrutar al menos de unos minutos así, que todo no sea angustia y oscuridad y pérdida. Muy bien escrito, una conecta y se siente perdida con él. Y también baila.

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  2. Excelente relato onírico de una vida que se va diluyendo en un Olvido inexorable y del que puede ser salvada por la inolvidable melodía que los había unido en una juventud ya lejana.Al final vuelve a caer en el agujero de la confusión,la oscuridad y el no ser.

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