De dioses, semidioses y simples mortales.

El descenso, aunque parezca irónico, fue más duro que el ascenso. El sendero parecía retorcerse de dolor a cada paso y lo que minutos antes parecía una cábala, ahora era meridiano como el día despejado nos tocaba vivir.

Había rozado por un instante el rostro de dios, bueno, de uno de ellos. Son varios, no sé cuántos con exactitud, pero más de siete seguro. No tenía nada de particular el roce de su piel, ni sentí espasmos de placer o iluminaciones atemporales mientras mis dedos se deslizaban por sus mejillas. Es más, no sentí absolutamente nada. Por lo menos en ese instante. Sin embargo, luego, cuando el pláceme de su presencia había finalizado, mi mente se abrió de par en par, y entonces comprendí lo incomprensible, y mi cerebro se llenó de ideas, pensamientos, reflexiones, citas y clarividencias. Yo, un simple mortal, tan apegado a la tierra y la a la vida como una lapa a la roca, con un horizonte tan cercano que apenas parecía horizonte, de repente me vi más allá de las estrellas.

Se me permitió por un instante acercarme tanto a la divinidad que casi me sentí inmortal. Pero aquello duró un instante, un segundo, el primer segundo de la eternidad tal vez, lo que tardé en llegar al valle y sentir la tierra dura bajo mis pies. Y el tiempo, que es siempre el mejor médico, me devolvió a mi estado original, a la mediocridad del hombre en el valle, a la subsistencia a través del esfuerzo y las penurias. Ni siquiera podía deslizarme por el fino hilo de los semidioses, el producto de los devaneos divinos entre la muchedumbre imbécil que se deja seducir sin oponer resistencia. Porque los dioses se divierten, se parten el culo de risa con nuestras vicisitudes, airean y alteran en tiempo y el espacio en una persistente necesidad de divertirse a nuestra costa, de vernos sufrir, matarnos, odiarnos y amarnos. Somos figurillas de barro en sus vitrinas con las cuales juegan o destrozan cuando están demasiado aburridos. Los dioses son niños con superpoderes que se “enrabietan” de vez en cuando, egoístas y necesitados de admiración y amor y cuando no se sienten correspondidos descienden en forma humana y se aparean con algún o alguna mortal para transgredir el vacuo límite de la mortalidad y crear lo que más odian y envidian, los semidioses. Aquellos seres que están dotados de la belleza y fortaleza de un dios pero que sin embargo gozan de la libertad mediática de un mortal. Los odian porque los envidian, porque los hombres y mujeres de esta condición los admiran, los necesitan y los adoran. Se sienten despreciados por el desafecto humano y es entonces cuando deciden castigarlos con alguna que otra maldición o destierro.

Así son ellos, como el cirujano que lleva las manos en formol, o el mesías que se erige en salvador, o el hipócrita que se escuda en cualquier argucia para no tomar partido. En realidad los dioses, más de siete seguro, son como nosotros pero con más recursos, los que les da la ignorancia de los humanos, sus miedos y sus temores, los que rescatan del desconocimiento de la naturaleza y sus efectos sobre esta, nuestra tierra, los que, apadrinados por los sus representantes en la tierra, tiranizan y esclavizan la razón en pos de algo etéreo y difuso y no dudan en arrebatarnos nuestras más profundas convicciones en pos de algo que no entendemos, pero que creemos a pies juntillas, es lo que llaman fe, fe ciega, fe irracional.

Cuántos desmanes se han cometido en su nombre y cuántos se han de cometer. Los más racionales siempre tratan de escapar de sus argucias, pero para ello caen en las trampas de los semidioses y pasan de seguidores a feligreses, y ellos de líderes a mesías, sus argumentos de ideologías a dogmas y así, una y otra vez, estamos condenados a repetirnos por los siglos de los siglos, para siempre, hasta el final de los tiempos que, calculo yo, será dentro de unos seis mil millones de años.

3 Replies to “De dioses, semidioses y simples mortales.”

    1. Otro delicioso relato en el formato de Crónicas de Samotracia.Es una delicia leerte Santiago.Hoy con el ánimo en fase descendente me siento después de leerte algo parecido a una hija desemidiosa un poco menesterosa, pero, hecha de la materia de la realeza esa mitológica que a veces desciende a la tierra para engendrar hijos.
      Estoy encantada de haberte tropezado por aqu, ilustrando al personal…

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s